viernes, 25 de marzo de 2011

La muerte se hospeda en “El Blanqueado”

Los viajes de egresados suelen ser inol­vidables.
También lo fue el que me tocó realizar cuando finalicé el séptimo grado de la escuela primaria. Pero no sólo debido a los hermosos días que compartimos los veintitrés compañe­ros de entonces, sino acaso —especialmente— por “eso” que aún me estremezco al recordar.
La excursión —que se prolongaría en el interior del país durante una semana— había comenzado en la estación ferroviaria de Reti­ro. Allí abordamos el tren que nos trasladaría desde Buenos Aires hasta La Banda —provin­cia de Santiago del Estero— desde donde par­tiríamos —en micro— rumbo a nuestro desti­no final de vacaciones: las Termas de Río Hon­do.
El largo viaje hasta La Banda fue tedio­so y bastante desagradable para las tres maes­tras que nos acompañaban pero no para los chicos, a pesar del precario estado de conser­vación de los vagones clase turista, de las difi­cultades para estirar un poco las piernas debido a que los coches estaban repletos de gente parada y sentada sobre el suelo de los pasillos y —sobre todo— por la falta de higiene de los baños, ¡puaj!
Contentos como nos sentíamos, todos los inconvenientes nos daban pie para inventar chistes y hacer bromas que aliviaban —en par­te— el mal humor de las docentes.
Ya en Río Hondo, nos dirigimos hacia "El Blanqueado", un confortable hotel, em­plazado en el centro del lugar donde teníamos reservado el alojamiento.
El edificio era de dos plantas, además de la baja —claro— donde nos sirvieron la ce­na a poco de llegar.
El primer piso lo ocupó íntegramente nuestra delegación, ya que contaba con ocho cuartos de cuatro camas cada uno. Estas habi­taciones estaban enfrentadas —también de a cuatro— y separadas por un corredor al que se accedía a través de la escalera, que tanto conec­taba con la planta baja como se prolongaba ha­cia el segundo piso.
Las maestras nos dividieron en peque­ños grupos de nenas y varones, tarea que no les resultó complicada ya que éramos once y do­ce por sexo respectivamente. Enseguida, nos distribuyeron en los cuartos ciento dos, cien­to tres, ciento cuatro, ciento cinco, ciento seis y ciento siete, llenándonos de recomendacio­nes en cuanto a normas de comportamiento, horarios para levantarse y acostarse, etc., etc., etc..


Ellas eligieron la habitación ciento uno, cuya puerta era la más cercana a la escalera... (¡Bien que nos dimos cuenta que tenían el pro­pósito de vigilarnos! Si apenas la entreabrían ya podían ver a cualquiera que subiera o baja­ra por allí...) Yo insistí para que me asignaran al cuarto ciento siete, pretextando que el siete era mi número favorito.
¿La verdad? lo elegí por tres razones:
1- porque ya nos habíamos puesto de acuerdo con mis dos amigas preferidas para conseguir que nos hospedaran juntas...
2- porque entonces era sólo un trío el que tendría que compartirlo y nos quedaba una cama vacía para usarla como sofá...
3- y —la “más” principal— porque era el que estaba ubicado más lejos del de las maes­tras y así podríamos eludir un poco su constan­te control, charlar hasta tarde e irnos a dormir cuando se nos antojara...
Así fue como Karin, Fernanda y yo, nos instalamos al final del corredor, frente a esa misteriosa habitación ciento ocho, de puerta cruzada con dos varillas sobre las que se desta­caba un cartel que decía "CLAUSURADA". A las tres se nos despertó —de inmediato— la curiosidad de averiguar por qué, pero debíamos de esperar hasta la mañana siguiente.
Entretanto, nos entretuvimos imagi­nando los motivos más descabellados.
Por ello, las compañeras de la ciento cinco golpearon varias veces la pared que nos separaba de su cuarto. Nuestras risas y el ince­sante parloteo no les permitían descansar. ¡Ja!
¡Ya veríamos si no se impresionaban —tam­bién— cuando descubrieran esa pieza tan cerra­da al público! ¿Qué se ocultaría allí adentro?
—Nada, chicos —nos informaron las maestras durante el almuerzo del día siguien­te, cuando la noticia de la existencia de esa ha­bitación se había propagado entre los veintitrés compañeros con la velocidad de un rayo.
El conserje nos dijo que se incendió ha­ce varios años y que —desde entonces los due­ños del hotel— no quisieron usarla más. Les evocaba una situación muy penosa, ya que dos turistas murieron en esa tragedia...
—Pero con cerrar la puerta con llave se­ría suficiente... —opiné yo. —¿Qué falta ha­cía cruzarla con maderas clavadas al marco? Muy sospechoso, ¿no?
—Así se aseguran que nadie la abra por error y se encuentre con el feo espectáculo de ver todo quemado... Como contratan muca­mas nuevas cada dos por tres...
La explicación no me convenció. A Fer­nanda y a Karin tampoco. Por eso, conversa­mos en secreto con los cuatro varones que ocu­paban el cuarto ciento seis —contiguo al "mis­terioso"— y les pedimos que —esa noche— se lo pasaran de orejas pegadas a la pared diviso­ria, para tratar de oír algún sonido extraño o captar cualquier indicio que sirviera para de­mostrar que allí se ocultaba algo truculento.
Pasaron cuatro o cinco días hasta que mis amigas y yo nos decidimos a investigar por nuestros propios medios.
Desde el parquecito que circundaba el hotel, habíamos visto que los ventanales de la ciento ocho no estaban tapiados. De persianas cerradas sí, repintadas como la puerta, sí, pe­ro no clausuradas como ésta.
También, habíamos podido compro­bar que el pequeño balcón al que se abría nues­tro cuarto lindaba con el del ''misterioso". Apenas si estaban separados por medio metro entre barandas laterales. Ambos, también si­tuados sobre el paredón lateral del hotel, así co­mo los balcones de las demás piezas daban al frente y a los fondos de "El Blanqueado".
Era cuestión de atrevernos a pasar de barandales a barandales sin mirar el vacío y es­taríamos listas para intentar el acceso a la cien­to ocho.
¿Pero en qué momento?
La mayor parte de las horas del sol las dedicábamos a recorrer Río Hondo de un lado al otro.
Imposible ejecutar nuestro plan duran­te las pausas del desayuno, almuerzo o cena: ¿cómo justificar nuestras ausencias? Y si se nos ocurría una idea genial para justificarlas... ¿de qué modo lograr que no se encontrara ningún turista en el parquecito y que nos sorprendie­ra descolgándonos de balcón a balcón?
Descartado el hacerlo durante la ma­drugada. Las paredes no eran a prueba de rui­dos. Nuestros cuatro compañeros de la ciento seis podrían oírnos mientras tratábamos de en­trar a la ciento ocho... ¡Si nosotras escuchábamos parte de sus conversaciones y carcajadas nocturnas, sin necesidad de acercarnos al tabi­que divisorio...!
Faltaban únicamente tres días para que tuviéramos que emprender el regreso a Buenos Aires. Mi intriga era ya incontenible, pero fue de casualidad como me enteré de “eso” que la hizo crecer hasta límites insoportables.
Yo había ido hasta la habitación de mis maestras para pedirles aspirina. A Fernanda le dolía una muela.
Acabábamos de acostarnos y hacía ca­lor, por lo que salí descalza a través del corre­dor.
No era demasiado tarde aún por lo que —al llegar a la puerta del cuarto de las señori­tas— oí que conversaban. Una de ellas parecía bastante nerviosa. Su voz se elevó de modo tal que —al colocar sigilosamente mi oreja contra la puerta— pude escuchar parte de lo que esta­ba contando:
—...uno de los dueños me lo confió du­rante la sobremesa... Ningún incendio ocurrió aquí... pero lo sucedido fue mucho más tre­mendo.. . Resulta que en la ciento ocho fueron encontrados —en distintas temporadas— un montón de turistas muertos... Aparecían como fulminados, en cualquier lugar de la pieza y sin que nadie acertara a dar con la causa... Todo en orden en el equipaje de los huéspedes... en los muebles... Un misterio absoluto. Por eso clausuraron la habitación. Desde entonces, volvió la paz a “El Blanqueado”... Cinco años pasaron desde que...
Corrí a mi cuarto de puntillas, olvida­da de la aspirina y perturbada por lo que había escuchado.
Casi en un susurro se los conté a mis amigas.
Del susto, a Fernanda se le voló el do­lor de muelas junto con sus reiterados suspiros y juró y perjuró que jamás apoyaría ni un de­do sobre las persianas del cuarto de enfrente. Karin —en cambio— se animó —como yo— y pronto maquinábamos —las dos— nuestra in­cursión a esa pieza.
Sin evaluar los posibles riesgos, deso­yendo los apagados sollozos de Fernanda que nos rogaba que no lo hiciéramos mientras que se metía en la cama y se tapaba hasta la cabe­za, en busca de mágica protección, Karin y yo, salimos —en puntas de pie— a nuestro balcon­cito.
Las heroínas de una película de Freddy Kruger nos sentíamos, tanta era nuestra afición a la literatura de terror y a cuanta historieta ma­cabra circulara por allí.
El cielo estaba muy nublado y las tenues lucecitas de los faroles del parque no llegaban a alumbrar ese paredón lateral del primer piso.
—Tenemos suerte —pensé.
Íbamos provistas con sendas linternas, un cuchillo y perchas del placard. En un bolsito colgado al hombro yo cargaba también una piedra de regulares dimensiones, una de ésas bien atractivas que había recogido durante lospaseos.
Karin me ayudó para que yo me sujeta­ra de la baranda del balcón vecino sin correr pe­ligro de caer al vacío.
Pronto estuve allí y entonces asistí a mi amiga para que se deslizara junto a mí. Nos dio bastante trabajo destrabar las persianas y abrir los ventanales de la ciento ocho a punta de cu­chillo y haciendo palanca sólo con las perchas. Pero lo logramos.
Encendí mi linterna. Con su luz ilumi­né —lentamente— todo el ámbito.
¡Qué decepción! Un cuarto amueblado igual que el de nosotros salvo que en éste era evidente que nadie lo limpiaba desde hacía mu­cho tiempo.
Envalentonadas por lo que ya empezá­bamos a suponer un invento de los dueños del hotel para atraer turistas amantes del misterio, Karin y yo entramos en la habitación.
Ahora éramos las dos las que la reco­rríamos de arriba a abajo con nuestras luces.
Nada por aquí, nada por allá. Y tampo­co nos embargaba ninguna sensación rara. In­sólito que allí hubieran caído —como mos­cas— tantas personas... Si parecía el sitio más común y corriente del mundo.
Ya estábamos por abandonarlo, de­fraudadas, cuando la luz de la linterna de Ka­rin iluminó aquella especie de bolita verde, ge­latinosa, inmóvil en un rincón.
Nos acercamos para ver qué era cuan­do —ante nuestra sorpresa— debió de alertarse con nuestros pasos y reptó hasta esconderse de­bajo de la cama. ¡"Eso" tenía vida! ¡Pfff! Pi­do disculpas por mi repugnante descripción pe­ro... ¡parecía el mo...estee... la secreción na­sal de un ogro!
Sentí repulsión por esa masa informe y —súbitamente— me volví hacia el balcón, dis­puesta a irme lo más pronto posible. Choqué con un mueble y se me escurrió la linterna. En ese instante, Karin tropezó conmigo y también se le resbaló su linterna.
— ¡Vamonos de aquí! —exclamé en­tonces. —¡Rápido!
—¡No puedo! —chillaba Karin. —¡Me doblé un tobillo!
Tanteé en la oscuridad hasta prender a mi amiga por la manga de su camisón y casi la arrastré hasta que alcanzamos —nuevamen­te— el balcón.
A los golpes cerramos aquellos venta­nales y persianas, mientras que oíamos el llanto de Fernanda, reclamando —a grito pelado— saber "—¿qué les pasó? —chicas— ¿qué les pasó?"
En el silencio de aquella noche, el baru­llo de nosotras tres fue como una sirena de am­bulancia que alarmó a medio hotel.
Cuando Karin y yo regresamos a nues­tra habitación, ya estaban allí las maestras, gran cantidad de compañeros y mucamas.
Entretanto —y por las dudas— el con­serje había llamado a la policía.
Al rato, Karin y yo debimos responder a un sin fin de preguntas.
—¿Y por una bolita verdosa tanto es­cándalo? —decían los varones. —¡Ay, muje­res, mujeres...!
Todo el grado consumió un desayuno extra —en el comedor de la planta baja— du­rante los minutos que duró el interrogatorio policial.
Uno de los oficiales anunció que —por precaución, aunque consideraba que todo no había sido más que un susto— iría a inspeccio­nar la habitación clausurada. El cabo que lo acompañaba lo siguió. También el conserje, con pinzas y serrucho a fin de quitar las made­ras que cruzaban la puerta.
Interminable la hora que demoraron arriba los tres hombres y había transcurrido al­rededor de otra más, cuando el dueño del ho­tel se hizo presente, preocupado por el aviso te­lefónico que le hizo una mucama.
Ya no quedaba huésped de "El Blan­queado" que no estuviera en el comedor.
—¡No es posible que el registro de una pieza de tres por dos insuma tanto tiempo! —exclamó —de repente— el dueño del hotel, antes de subir —él también— al primer piso.
Descendió de inmediato, con el rostro demudado y pálido como un fantasma.
—¡Qué nadie suba —ordenó— salgan a la calle si lo desean, pero que nadie vaya a la ciento ocho! ¡El conserje y los policías están muertos allí adentro! ¡Con la luz encendida! ¡Y como silos hubieran fulminado, Dios! ¡Es ho­rrible!
Como es obvio, la noticia del rarísimo episodio no pudo mantenerse dentro del perí­metro del hotel. Un hecho de tales caracterís­ticas es una bola de nieve rodando vertiginosa­mente desde el pico de una montaña.
La telefonista de "El Blanqueado" no daba abasto con los llamados que recibía ni con los que desde allí necesitaban hacerse.
Karin y yo estábamos aterradas. Tan sin proponérnoslo habíamos originado aque­lla desgracia.
Todos los huéspedes fuimos traslada­dos a diferentes hosterías de la zona hasta tanto se aclarara lo ocurrido.
Aún hoy pienso que nunca hubiera si­do posible si no hubiese prestado su graciosa colaboración aquella viejecita lugareña.
Dicen que se apresuró a ir hasta "El Blanqueado", no bien supo lo sucedido allí. Con una larga y raída túnica labrada con espejitos. De cabeza cubierta también, con un man­to igualmente espejado bajo el cual apenas si se le adivinaba el rostro. Llevaba un espejo en cada mano y pidió que confiaran en ella y le permitieran entrar en la habitación "ciento ocho" sin que ninguno la siguiera.
—Creo que sé lo que está pasando arri­ba —dicen que dijo.
Y lo que dijo después —cuando bajó mostrando a la policía aquella bolita verde, re­cogida en una pala, viscosa, sin forma defini­da pero —por fortuna— ya totalmente iner­te— pasmó a todos los que tuvieron oportuni­dad de escucharla.
"Es un basilisco —afirmó—. Bicho de mirada mortífera para aquel que ve su único gran ojo sin párpado, para quien tiene la des­gracia de que el diminuto redondo monstruo lo mire...
Nace de un huevo pequeñísimo, pues­to por un gallo e incubado por un sapo, aunque ustedes lo consideren imposible y se mofen de la leyenda...
Pero ya vieron. Ahí estaba... en la cien­to ocho... y hubiera vivido añares allí mismo, al acecho de nuevas víctimas si yo no conseguía acabar con él...Pero a mí me enseñaron a conjurarlo desde chica."
—¿Cómo pudo, abuela? Perdone, pe­ro... ¿es bruja usted? —le preguntaron, atóni­tos.
—Nada de eso, m’hijos. ¿O acaso les parece de bruja esta ropa espejada? ¿Y estos es­pejos que llevé? ¿No son ordinarios, baratos, pero espejitos y espejos al fin? Así hay que pro­tegerse cuando se teme que pueda haber un ba­silisco escondido en cualquier rincón... porque si él se refleja y se ve... ¡ZÁPATE! se muere de espanto —el condenado— al contemplarse a sí mismo... del susto que se pega de su propia apa­riencia no más...
El basilisco...
Casi apostaría a que Karin tiene —co­mo yo— su casa colmada de espejos desde que aquel viaje de egresados concluyó.
No sé. No he vuelto a verla desde entonees. Poco después de finalizar la primaria se mudó a Suecia con sus padres.
Si bien nos escribimos cartas durante dos o tres años, hace mucho que ignoro todo acerca de ella.
Lástima. Qué lástima.
Pero por si acaso algún remolino de los tiempos sopla sobre su mesa estas hojas don­de narré aquel extraordinario suceso que nos hermanó al filo de la muerte, me gustaría que sepa que la recuerdo con el gran cariño que nos unía cuando éramos chicas... y que colecciono espejos...
Incluso, siempre llevo uno pequeño en mi cartera y finjo peinarme el flequillo o arre­glarme el maquillaje cuando estoy en lugares desconocidos, mientras lo uso como el retro­visor de los vehículos, para mirar a mis espal­das... ¡No sea cosa que me sorprenda —des­prevenida— un basilisco!


Autora: Elsa Bornemann